Historia y fotos: Allen Clinton / Traducción: Andrea Calvera Nicho

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GUAYACONDO, PERÚ – Sus ojos se enfocaron en el estrecho camino que zigzagueaba en lo alto de la empinada montaña. Sus piernas y hombros quemaban con cada paso, pero ella ya casi llegaba a casa. El recipiente de plástico atado a su espalda pesaba alrededor de 40 libras. Se torcía para mantenerlo balanceado, cuidando no derramar una sola gota de agua. De adolescente, Sonia Quispe Viscardo podía caminar diariamente 13 millas para traer agua; una tarea agotadora que parecía no tener fin. En ese entonces, no estaba segura siquiera de si su preciada carga era segura de beber. «Creíamos que la civilización nunca llegaría a nuestro pueblo», recuerda.

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Pero Sonia y sus vecinas y vecinos no se sentaron a esperar la civilización. Ellos la trajeron por si mismos: construyeron un sistema hídrico y una posta médica con sus propias manos y el apoyo inicial de CARE. Diez años después, eso hizo la diferencia. Guayacondo, una comunidad de más de 150 familias que se expandió por todo el valle en los Andes peruanos, podría ser un caso emblemático de desarrollo comunitario duradero. Para las mujeres y niñas del lugar ha terminado la era de cargar agua.

Agua potable limpia, servicios de salud básica e incluso un simple camino sin asfaltar fueron una vez sueños para los habitantes en situación de pobreza, como Sonia. Hoy, la propiedad comunitaria y la determinación compartida continúa creciendo en Guayacondo luego de que CARE se hiciera a un lado. Los habitantes llevan vidas más sanas y beben agua limpia de caños en vez de arriesgar su salud con cada sorbo de agua de río.

«Es crucial que los habitantes locales sientan que tienen participación en nuestros proyectos y que son los actores principales», menciona Milo Stanojevich, director de CARE en Perú. «En el caso de Guayacondo, en el que la intervención de CARE concluyó en 2005, la comunidad fue involucrada en cada etapa y en todo nivel, desde el planeamiento del proyecto hasta la construcción del sistema hídrico, pasando por el continuo financiamiento y mantenimiento».

En los países en vías de desarrollo, los sistemas hídricos inmediatamente mejoran las vidas de las personas tras su instalación, a menudo con grandes celebraciones. El acceso a agua limpia cerca a una comunidad rural significa que las mujeres no tendrán que pasar horas caminando para recolectar agua de una fuente que, por lo general, está contaminada y es compartida con los animales. Ayuda a las niñas a asistir a la escuela y a las madres a ser más productivas. También significa mejor salud y menor incidencia de enfermedades prevenibles como la diarrea, la segunda mayor causa de muerte infantil a nivel mundial. Sin embargo, a menudo cuando se rompe un sistema hídrico, permanece sin funcionamiento hasta que el gobierno o una organización benéfica lo repare, principalmente porque las comunidades no se involucraron adecuadamente en el proceso de su construcción.

«Obtener agua limpia para las comunidades implica más que solo instalar un sistema», añade Stanojevich. «Requiere organización por parte de la comunidad de modo que exista un equipo en el lugar para mantener el sistema por mucho tiempo luego de que CARE se retire».

Los habitantes de Guayacondo acogieron el prospecto de trabajar con CARE y la Oficina Regional de Salud para construir un sistema hídrico que funcione. Ellos sabían que CARE había completado recientemente y de manera exitosa un proyecto hídrico en una comunidad cercana. Desde el inicio, 48 familias empezaron a excavar zanjas para que pronto se integraran otras familias, dispuestas a hacer del proyecto un éxito.

«La salud era un desastre antes», comenta Sonia, ahora madre a sus 30 años, quien se convirtió en promotora de salud voluntaria en Guayacondo. «El agua y las instalaciones sanitarias solían ser solo para habitantes urbanos y no para personas rurales como nosotros y nosotras. Las madres estaban constantemente preocupadas de que sus hijos e hijas puedan enfermarse. Sabían que beber agua sucia era dañino pero no tenían otra opción. Cuando se daba una emergencia médica, teníamos que caminar por muchas horas por las montañas para llegar al pueblo más cercano, a menudo llegando demasiado tarde».

Al haber crecido en Guayacondo, Sonia, como otras mujeres y niñas, tenía que caminar millas cada día para conseguir agua para su familia. A menudos se sentía débil debido al hambre y la falta de alimentos nutritivos. Hoy, Sonia es una de muchas mujeres y hombres de Guayacondo y pueblos cercanos quienes han asumido el papel de educadores capacitados por CARE y trabajadores de salud para enseñar a las familias la importancia de la higiene básica y una buena nutrición, así como ayudar a mantener una posta médica comunitaria que esté conectada por radiotransmisores a una red de derivación mayor en caso de emergencia, incluyendo el hospital regional.

La capacitación que recibió Sonia y la creación de una nueva posta de salud inició en 2002, conjuntamente a la construcción de un sistema hídrico y la organización de un comité local de agua e instalaciones sanitarias. Desde ese entonces, no ha habido muerte materna alguna o relacionadas al agua en Guayacondo.

Hernan Quispe Solea fue elegido como el presidente del comité de agua e instalaciones sanitarias en el año 2011, siguiendo los pasos de sus dedicados predecesores. Un armario en su oficina en el centro de la ciudad contiene una diversidad de repuestos y herramientas. Gráficos detallados en la pared mapean el sistema por gravedad: diez millas de tubería enterradas a tres pies de profundidad, caños de agua y ubicación de retretes; además señalan los costos básicos que cada familia debe pagar: S/. 2.00 soles o el equivalente a 60 centavos de dólar americano al mes a cambio de acceso a agua limpia.

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«Es nuestra labor operar y reparar el sistema hídrico y de instalaciones sanitarias, así como administrar las finanzas», comenta. Aproximadamente el 75% de cada pago está dirigido al mantenimiento, el resto se deposita en un fondo social. Por ejemplo, cuando un familiar se enferma, el comité destina 7 dólares del fondo social a las medicinas u otros gastos como el costo del trasporte al hospital. El comité también ha acumulado intereses en los ahorros durante los últimos años y ahora otorga pequeños préstamos para ayudar a los habitantes a empezar sus negocios o invertir en sus cultivos.

Hernan se toma muy en serio su trabajo. Una década después de haber completado CARE su trabajo en Guayacondo, hace responsables a él mismo, el comité y la comunidad del «regalo» que han recibido. Después de todo, nunca imaginaron que podrían tener agua limpia. El comité limpia el sistema hídrico cada tres meses y realiza visitas a los hogares cada dos meses para medir las condiciones de higiene en base a un gráfico por colores: verde es bueno, amarillo es satisfactorio y rojo es malo.

«Las familias deben mantener la limpieza», dice Hernan mientras explica cada gráfico a detalle, señalando que antes no existía recolección de residuos o baños. Ahora todas las familias cuentan con los servicios básicos y participan en la limpieza comunal cada domingo. «Si una casa o un baño obtiene una clasificación roja, el comité cortará la línea de servicio de la familia y les cobrará una penalidad [dos dólares] por reconexión. Asimismo, es obligatorio para las familias asistir a las reuniones comunitarias y desarrollar planes sobre lo que desean lograr el año siguiente».

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Tanto Hernan como Sonia concuerdan en que el logro más importante ha sido la reducción de la desnutrición crónica, la cual según fuentes locales cayó de 39% aproximadamente al 15% entre 2003 y 2016. La posta de salud cuenta ahora con un enfermero asignado de manera permanente, dedicado a reducir aún más la tasa. Está encargado de monitorear el crecimiento de 54 niños y niñas menores de 3 años en la zona, de los cuales 13 pertenecen a la comunidad de Guayacondo. «Todo lo que hacemos nos ayuda a reducir la desnutrición», comenta Sonia. «Nos motiva garantizar la salud de las familias».

Un vaso de agua potable puede parecer algo simple. Pero para las personas en y alrededor de Guayacondo, el acceso al agua ha producido mejores condiciones médicas y les permitió ganar más dinero a través del incremento en la producción agrícola.

A unos minutos calle abajo en el pueblo de Neque, Carina Nicolas Zamora ha construido un mejor futuro para su familia.

Apodada Torcaza (una paloma salvaje) de niña por su espíritu luchador, Carina es prueba viviente de que el sistema de salud e hídrico funciona. Tras sufrir complicaciones durante su último embarazo hace cinco años, fue transferida rápidamente por la enfermera local al hospital regional, donde recibió cuidado de emergencia.

Karina fue parte del grupo original que trabajó para construir el sistema hídrico de Guayacondo que llega hasta su pueblo, así como un canal de irrigación que ha ayudado a su tierra a ser más fértil. Como resultado, Carina ha llevado a cabo actividades productivas como la crianza de cuyes y el cultivo de vegetales, quinua y maíz morado. Antes, con poca agua y sin irrigación, dependía de la lluvia para producir una cosecha al año. En la actualidad, cosecha dos veces al año, vende quinua en mercados locales e incluso exporta chala a Japón, donde es procesada para hacer chicha morada. Carina dice que gana seis dólares por kilo a raíz de la venta de la chala.

«A veces no teníamos suficiente para comer», dice Carina, quien también maneja un pequeño restaurante de tres mesas fuera de su casa. «Ahora estamos haciendo realidad nuestros sueños».

En Guayacondo y Neque, los habitantes dicen que su ingreso anual se ha incrementado significativamente. Y, como resultado de la increíble ética laboral de esta comunidad, se redujo la pobreza.

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Alcanzar la sostenibilidad de un proyecto en comunidades rurales remotas es desafiante, pero si se aborda correctamente, puede conducir a resultados que cambian la vida de las personas. CARE tiene una amplia historia trabajando mano a mano con las comunidades e ideando programas que se ajusten a sus necesidades. Mientras que el ejemplo de Guayacondo integra el desarrollo del sistema hídrico y de instalaciones sanitarias con la organización de un comité de agua y la capacitación voluntaria de promotores de salud, lo que más ha importado es que las personas han trabajado juntas para abordar las causas reales de las enfermedades prevenibles y muertes, y para volver sus sueños una vez distantes en realidad. En conclusión, la propiedad comunitaria se ha convertido en la clave de la sostenibilidad.

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